jueves, julio 27, 2006

Contame un cuento...

Durante mucho tiempo deambule por ahí con un puñado de cuentos con los que no sabía muy bien que hacer. Los registre y los guarde. Como nadie escribe para que no lo lean, el blog es magnifico para publicarlos y quizás, algún día, se vuelvan guiones y así imágenes.



EL HOMBRECILLO DE LOS TRATOS


Muy pocas veces he ido al campo. En realidad no me gusta. No mas bien, me aterra. Dos hechos trascendentes han reafirmado y me han hecho profiar en mi actitud.
El primero ocurrió, cuando tenia apenas diez años y había ido con mis abuelos a Azul, un pequeño pueblo entre Buenos Aires y Bahía Blanca. Volvíamos del monte en medio de la noche y mi tío, en un arrebato aventurero decidió dejarnos en el auto para pescar en un arroyo que, apenas, había escuchado a lo lejos.
Mire a mi alrededor, mi tía, mi abuela y mi hermano sonreían con desdén y en la penumbra impenetrable comenzaron a hablar mientras hacían deambular el mate en la ronda que conformábamos.
Me arrellane en el asiento y trate de no pensar en los aullidos, las luces y los gritos que sorteaban la oscuridad en dirección al auto. Pero el temor fue en aumento; no veía mis manos, ni a mis acompañantes y el ardor del terror comenzaba a subir por mi garganta mientras unas lágrimas de cobardía se desprendían de mis ojos.
Tome aire y salí a la ruta. Llame a mi tío, intentando que los sonidos dispersos en la negrura de la llanura hecha noche, no me afectasen.
Al cabo de unos minutos, mi tío con la caña en mano, apareció entre los arbustos, refunfuñando que cuando a los hijos de la ciudad se los saca de debajo de las luces de las avenidas, se transforman en cobardes llorones que suplican civilización.
Esa no fue la ultima vez que estuve en el campo. Hace tres semanas volví de Misiones con el firme propósito de jamas volver a pisar, ni campo llano, ni selva, ni bosque, ni desierto o sabana.
Lo sé, les parece ridículo que sacrifique la belleza de la naturaleza por la existencia y la presencia, del orden y el amparo de las ciudades. Pero soy una persona reprochable, en varios aspectos, aun más graves que este. En fin me ha tomado cincuenta años aprender a soportarme, no espero que ustedes lo hagan ahora.
Hace tres semanas recibí el llamado de un baquiano que decía ser el arrendador de un campo que Aníbal Alvarez, un amigo de la infancia tenia en Misiones. Me pedía, me suplicaba, que viajase pues había ocurrido un accidente muy grave.
Anibal Alvarez, había sido mi compañero en el normal 12. Entonces, era un joven dinámico con una fuerte inclinación a los cálculos y las matemáticas y por ende era un sujeto que se creía capaz de cualquier empresa. Desde escribir una novela hasta reparar un auto, pasando por la maestría al jugar ajedrez y tocar el piano. Esta especia de personalidad avasallante y emprendedora seria su marca personal a través de los años.
Recuerdo que en una oportunidad llego a comentarme que en las clases de álgebra que dictaba en la facultad, debía interrumpir con frecuencia los temas abrumado por los aplausos que los alumnos le prodigaban a su fabulosa capacidad de enseñar. Siempre pense que aquella anegdota fue una experiencia que exagero para impresionarme.
Nunca fuimos íntimos, por su arrogancia y su autoritarismo disimulado, pero algún capricho del destino nos volvió inseparables amigos, de esos que se toleran en vez de amarce.
Cuando llegue a Misiones, mas precisamente a la estancia “La Modesta”, me presente con el capataz, haciendo a un lado mis deseos de preguntarle si el antiguo propietario era un hombre sarcástico, por tan increíble ingenio a la hora de elegir el nombre del establecimiento como un antónimo perfecto para el carácter de mi amigo.
El capataz me indicó una habitación y mientras acomodaba el equipaje me observo con desconfianza. Le pregunte si ocurría algo y respondió que no, pero que debía darme prisa para poder visitar a Anibal.
Juro que jamas he visto a mi amigo en las condiciones en que lo vi aquella noche. Con la mirada sobresaltada de terror y una colección de golpes morados desparramados por el rostro y los brazos. Sus dedos temblorosos sostenían un cigarrillo y sus piernas impulsaban una caminata constante que provocaba una incomodidad reprochable.
Le pedí que se detuviera, mas de quince veces, pero de sus labios solo se desprendía un susurro débil, “Pombero – Pombero – Pombero”, una y otra vez como una plegaria desesperada.
Me volví hacia el capataz – Que le ha ocurrido? – le pregunte y este mirando el piso y con una vergüenza palpable me respondió que seria mejor que tomara un trago mientras me relataba los sucesos que habían llevado a mi amigo al paroxismo.
El whisky nunca me agrado demasiado, es una bebida fuerte casi picante pero provoca un ardor delicioso en el fondo de la garganta.
- Bueno va a contarme que ocurrió, o no? – dije al capataz, ocultando una carraspera incomoda producto de la bebida.
El hombre se sentó frente a mí y con la mirada oculta en sus manos me pregunto si conocía la leyenda del Pombero.
Le respondí que no y espere a que desgranara lo que pensaba seria una invención insensata.
- Hace tres noches – empezó – su amigo salió a cazar le dije que por nada del mundo, si escuchaba un silbido, lo respondiese. Se rió y me llamo supersticioso. Pero escucho el silbido, lo sé, a lo mejor cuando estaba en medio de un claro y sin pensarlo, lo respondió con otro resoplido largo y agudo. Entonces se le debe haber presentado el Pombero. Seguro le pidió un trago y unos cigarros y al ver que el Sr. Anibal no los tenia le propino una paliza.
- Tonterías – dije – esas son historia fantásticas, leyendas improbables.
- Eso piensa usted, pero existe, yo lo he visto con mis propios ojos - hizo una pausa – le he pedido algunos favores y créame es un tipo de cumplir.
- Por favor, esta tratándome de estúpido, va a decirme que ese Pombero, o como se llame es un genio.
- No, hace buenos tratos – encendió un cigarrillo y sonrío con malicia – quiere verlo?
Me quede observando sus gestos seguros y un helado escozor recorrió mi espalda. Respondí que si, desafiando mi propio recelo.
El capataz abrió una de las gavetas del bar y saco una botella de whisky sin abrir y del aparador de la cocina se llevó un atado de cigarrillos rubios. Luego se dirigio hasta la habitación de Anibal y la cerro con llave – Precaución – dijo.
Caminamos hasta el corral observando como la lluvia se arremolinaba en el horizonte.
- Ahora solo tenemos que esperar – dijo sentándose sobre un tronco seco.
Al cabo de un par de horas y cuando la lluvia ya estaba cayendo sobre nosotros, se escucharon tres silbidos cortos, profundos y lejanos. El capataz sonrío y poniéndose de pie respondió el llamado con un soplido grave y fuerte.
Por el recodo del camino una silueta contrahecha y pequeña se aproximaba.
Cuando finalmente la figura diminuta se paro frente a nosotros tuve la sensación de estar teniendo una pesadilla. El Pombero, como lo llamo mi amigo y el arrendador de su estancia, era un hombrecillo enano con los pies en dirección opuesta al cuerpo, con orejas puntiagudas y vello profuso en todo el cuerpo.
- Le traje estos regalos para que si puede, proteja a aquel arbolito del temporal – dijo el capataz señalando una débil yerba mate que bordeaba el camino.
El Pombero asintió dejando que el brillo de sus ojos profundos e insanos, nos encandilara. Luego escuchamos los gritos desesperados de Anibal que aferrado en la ventana como un animal salvaje, nos suplicaba que matáramos a al Pombero.
Cuando quise observar nuevamente al hombrecillo este había desaparecido tras la lluvia al igual que el capataz, al que encontré, luego, en la cocina preparando unos mates amargos.
En algún momento me quede dormido y al despertar aquella mañana encontré a mi amigo sentado a la mesa, devorando un suculento desayuno y sorprendiéndose de mi visita inesperada. No recordó jamas al Pombero y tampoco pudo explicarse mis “no puede ser” exagerados, al encontrar al débil arbusto de yerba mate, intacto, entre las ruinas que dejo el temporal.
Esa fue la ultima vez que estuve en el campo.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy muy bueno!! conocí a mucha gente que vió al Pombero... quizas conoci a Anibal Alvares...

Marita

Anónimo dijo...

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Anónimo dijo...

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