jueves, enero 08, 2009

CENA CON AMIGOS



Yo también quise a Clara. Tanto o más que él. El frió de esa mañana de abril era apenas imperceptible a causa de la corrosión que me provocaban los celos. Ni siquiera la presencia continua de las lapidas, la vos del cura, el aroma de las flores eran capaces de romper el conjuro del odio que sentía por el patrimonio del dolor que rodeaba en dos bandas de oro el anular de Eduardo.

Rodee su hombro para darle el apoyo que no podía brindarle de corazón y el viento me llevo lejos cuando los tres teníamos esa amistad especial que nos hacia sentir fuera del mundo. En alguna forma ambos girábamos dentro de la orbita luminosa de Clara. De aquellas canciones de cuna después de la segunda botella de Merlot o de sus mañanas brillantes en el taller creando vida con yeso. Ambos la amábamos entonces pero solo Eduardo tuvo el valor de decirlo.

Fue entonces que para olvidar a Clara me perdí en la noche de las calles conocidas y en los bares de conversaciones casuales. Solo conseguí perder el tiempo y la sobriedad. Viaje lejos para el casamiento, casualidad del destino que el diario me mandara a cubrir una cumbre de presidentes de protocolar inutilidad.

No hubo felicitaciones ni despedidas. Solamente tiempo. Y con el tiempo distancia. Y con la distancia algo de olvido. Parece ilógico, casi ridículo, pero el amor destinado al olvido es casi como la letra amarillenta de un bolero: Dulce y lacerante.

Durante años pensé que había logrado dejar atrás los hilos tensores que nos habían unido y separado pero la muerte de Clara había jalado de ellos dejándome aun mas solo que antes. Y otra vez tenia que compartirla con Eduardo.

Esa noche no se cual de los dos tomo mas, pero nuevamente fue él quien le gano a mis palabras. Arrastrando las palabras con casual tranquilidad fue capaz de desnudar todos los recodos de la distancia que nos separo a lo largo de su vida con Clara. Siempre lo supo. Lo presintió. Y supongo, que en algún momento, ella también. La tristeza de la verdad encadenada en su espantosa borrachera me avergonzó y, a la vez, me lleno de remordimientos.

Por fortuna. Eduardo se quedo dormitando la pena de ser viudo reciente y yo me escurrí, de nuevo, pero esta vez me lleve la resaca y la culpa. La muerte de Clara se había convertido en una tragedia ambigua de calabazo con hitos de falsa libertad.

El diario me tomo como redactor y me olvide de a poco de Eduardo. Pero no de Clara. Ella estaba ahí espiando mi vida. Ojeando los momentos de soledad desde la oscura barrera de la muerte. Acechando en mis fantasías con mucha más intensidad que cuando solíamos ser amigos.

La ausencia de Clara era un dolor físico. Un traumatismo constante atrapada entre la piel y el alma que quitaba el sueño y atrapaba cada segundo de rutina en su esencia perdida. Solía pensar, más de lo que hubiese querido, que tal vez Eduardo sintiese lo mismo y la culpa volvía a enredárseme con infame puntualidad.

Muy a mi pesar no pasaron muchos días hasta que volví a saber de Eduardo. Su voz en el teléfono sonaba inusualmente desprovista de dolor y en el eco de las consonantes había un dejo sutil de euforia. La política y la actualidad se condimentaron de chistes sin gracia y poca inteligencia, no comunes en la dialéctica de Eduardo y, antes de cortar, con una sonrisa imaginaria en los labios musito una invitación a cenar.
La tardanza en la respuesta, que pretendía aplacar la audacia de la invitación, paso inadvertida para Eduardo. Poco le importaron los compromisos fingidos que creí recordar o las entregas inexistentes que prometí al editor, simulando que su carácter displicente hacia el trabajo era todo lo opuesto y que cada demora solía pagarse con suspensiones.
Eduardo chasqueo la lengua confiado en que sus ultimas palabras flanquearían cualquier compromiso, “Clara va a cocinar, no te lo podes perder”, dijo con una naturalidad cruel que no podía ser simulada. No debía serlo.
Acepte y no lo contradije. No se porque. Podría fácilmente atribuirlo a la culpa que me seguía como la sombra pero acaso fue la presencia más vergonzante de todas: la lastima. Lastima por Eduardo. Lastima por mí.
No volví a dormir esa noche. Ni la siguiente. Me inquietaba el habla casual de Eduardo, su alegría incomprensible y la rubrica de la invitación blasfemando el nombre de Clara para asegurar mi compromiso.
Por desgracia la cena llego demasiado pronto para llegar a esbozar una hipótesis sobre el comportamiento errático de mi amigo. No compre nada. NI vino ni mazas. Ni Postre o un cigarro. No quería alentar sus ensueños equivocados sobre el destino ni mis aprensiones culpables sobre el recuerdo de Clara.
Quizás todo comenzó cuando tome el ascensor que tantas veces me llevo al refugio que solía envidiar en secreto. Sentí un vació repentino en la boca del estomago. No era temor por enfrentar la psicosis de Eduardo o mis propios demonios engarzados en las memorias. Un alo anticipatorio me enrojeció las mejillas como si estuviese a punto de dar el primer beso de la vida.
El freno del ascensor me provoco un pánico irracional como si estuviese a punto de despertar de un sueño profundo. Junte valor, atribuyendo todo lo que pude mi extraño padecimiento a la culpa por ver al amigo que había logrado quedarse con el amor que mas deseaba.
Camine lentamente hasta toparme con la numeración del departamento, brillante cobre sobre la madera, reflejando la armonía interna que siempre quise para mi. Escuche tenues palabras y alguna risa apagada. Por alguna razón creí haber vuelto en el tiempo. Escuchaba como una sinfonía los sonidos que solía escuchar cuando aun éramos inseparables. Cunado los celos no eran tan cáusticos ni el dolor de la perdida tan grande para alejarme.
No se como golpeé a la puerta ni como fui capaz de escuchar como Eduardo decía con tono afectuoso “Deja amor, yo atiendo…”. Su sonrisa despreocupada guió mis pasos por el living que fue testigo de tantas noches de charla. Sentía el perfume de Clara en el ambiente y los ecos lejanos de sus pasos familiares al moverse por la cocina. El sopor me invadió por completo y jamás sabré como fui capaz de contener las lágrimas del miedo o la emoción.
La certeza de la presencia de Clara era tan pura y genuina que no pude atreverme a acusar a Eduardo de locura. El aroma de la comida era impreciso pero delicioso. Eduardo me palmeo el hombro y puso en mi mano temblorosa una copa de vino mientras hablaba de un libro apasionante que lo había dejado sin dormir varias noches.
Un peso invisible oprimía mis costillas y hacia que el alterado latido de mi corazón se escuchara directamente en los oídos como el efecto no deseado de una borrachera.

Me hubiese gustado saber si Eduardo había enloquecido y si la culpa, la pena, la perdida y el vació me habían arrastrado junto a sus delirios. Me hubiese gustado saber su aquello era un sueño en el que ambos nos recontábamos con la mujer que amábamos pero el miedo derramaba espasmos en mis gastos y en mis manos y no fui capaz de levantar la vista cuando la cena estuvo lista. Solo vi brillar la alianza de Clara frente a mis ojos una vez antes de sentarme a la mesa.

*Pintura: Han van Meegeren, (Henricus Antonius) 1889-1947

5 comentarios:

Jefe indio dijo...

Hola; queremos invitarte a intercambiar enlaces con nuestro nuevo blog: http://informeovni.blogspot.com/

Saludos

Anónimo dijo...

hola: agustina, es bueno tu cuento muy transportador me alcance a sentir en la mesa con clara y eduardo -creo que se llamaba asi- se siente bien leerte como una experiencia de allan poe pero con una mujer.
por favor si te interesa mandame link y tambien buena informacion de la literatura nueva argentina por aca no llega
gracias

Mario Paulela dijo...

Me encantó este cuento. Será mucho atrevimiento sumar mi humilde blog a su lista?
http://elconodesombra.blogspot.com

Gracias
Mario

Agustina dijo...

Gracias por el comentario de Anonimo (segun Google) te paso un enlace bastante bueno, no incluye todo pero es muy bueno:

www.literatura.org

A mi amigo Mario: como no intercambiar enlaces, por favor!. Lo voy a poner en la pagina.

Agustina dijo...

Jefe Indio tambien te agrego, gracias por comentar!